“No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él”. (1 Juan 2: 15-17)
Gálatas 5:19-22
Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.
La semana anterior estuvimos estudiando este verso y nos detuvimos hablando del espíritu manipulador que es obra de hechicería.
En este momento hablaremos de las enemistades, pleitos, celos y contiendas.
La palabra de Dios declara al respecto:
Romanos 12:10
“Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros”.
Efesios 4:2-3
“Soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”.
Hay personas a las que les gusta estar en contienda, en pleitos sociales, laborales, familiares. Pero la palabra declara que no debe ser esta nuestra forma y manera de actuar, sino que nuestro deber es ser solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.
La oración del Padre nuestro habla de perdonar para ser perdonados dice:
“Y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben”. (Lucas 11:4)
Necesitamos tener cuidado con el resentimiento para que no haya ninguna raíz de amargura que nos estorbe de alcanzar el propósito de Dios, que no haya murmuración, críticas sino que lo que abunde en tu boca sea la palabra de Dios.
La palabra declara: “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo” (Efesios 4:26-27).
Muchos tienen celos, iras, y esto está ligado a la envidia, es producto de inseguridad en el corazón, de problemas en el alma sin resolver, los celos te llevan a la ira. Por esa razón muchos matan, tienen accidentes, etc. No permita que la ira invada su vida, que lo domine, sino como dice la palabra: Que no se ponga el sol sobre tu enojo, la ira, los celos, son obra de la carne las cuales abren puertas y dan lugar al diablo.
Gálatas 5: 19-22 nos habla de todas las obras de la carne y lo que el Señor nos dice es que los que practican tales cosas no heredarán el reino. Es un asunto de práctica, de lo que estás haciendo, de lo que estás incluso diciendo porque hay quienes usan su lengua para matar y dice el libro de Santiago que estos inflaman la rueda de la creación.
Santiago 3:6
Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno.
Existen muchas otras cosas que podemos añadir a esta lista de las obra de la carne, pero de cada una de ellas necesitamos guardarnos.
1 Corintios 6:9-10
¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios.
Apocalipsis 22:15
Mas los perros estarán fuera, y los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras, y todo aquel que ama y hace mentira.
Apocalipsis 21:8
Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.
La palabra de Dios habla acerca del mentiroso, el avaro, que ama la codicia, de los cobardes; aquellos que no tienen valor, aquellos que no tienen la valentía de seguir a Cristo sin importar las circunstancias, aquellos que nunca se movieron en fe. De todas estas cosas necesitamos cuidarnos y guardarnos.
La carne no debe obrar en ti sino que sea manifestado el fruto del Espíritu, que se vea el fruto de Dios en ti, el testimonio que manifiesta que eres de Dios.
Procuremos morir cada día a la carne y a sus obras para que heredemos el reino de Dios.
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